miércoles, 23 de mayo de 2012

CAPÍTULO 1.



Y otra vez mi nombre en su jodida boca, y no era precisamente para cosas buenas. Me ponía los pelos de punta cada vez que escuchaba esa aguda voz chillar, sentía como mis dietes empezaban a castañear con nerviosismo, llegaban incluso a dolerme de los malos ratos que pasaba y soportaba. Esas voces eran habituales, rutinarias en mi día a día. 
Y ¡pum! La puerta. Sentía como esta  volvía a cerrarse con fuerza en mi espalda, provocada por la ira que mi cuerpo llevaba y la que hizo que mi brazo la cerrara de tal forma. Sentía como en el piso de abajo repetía constantemente lo mal hijo que era, lo mal críado que estaba, las mil veces que ella soportaba mis caprichos, las mil cosas que hizo por mi... Y yo pensando, haz mil y una cállate de una puta vez. 
Esto ya era insano, ya era anormal. Se acabó, ya no podía más.
Empecé a sentir como mis mejillas comenzaban a coger color, como mis puños se cerraban con fuerza y como mi cuerpo llamaba al suelo, para acabar desvaneciéndome de nuevo. La droga, la droga no era buena, no era sana para quien la consumía, pero tampoco para la gente que andaba alrededor de quien la tomaba. Y mi madre, mi madre era una jodida drogadicta de mierda, y lo peor era que no lo admitía, no admitía que ese polvito blanco que hacía que el día a día fuera más sereno, la estaba convirtiendo en una fiera, en una arpía. 
No podía hacerme a la idea de que, esa señora que hacía dos años estaba cuidando a su hijo de quince, por que tenía serios problemas de ansiedad, se había convertido en la causa de ellos.
Sentí mi cuerpo caer, una vez más. Mi espalda se apoyaba en la cama y mis piernas se encogían, abrazándolas para hundir mi rostro en mis rodillas. Sentí como mi cuerpo empezaba a temblequear y como las lágrimas en mis ojos comenzaban a aparecer, como descendían por mi mejilla y terminaban en mi barbilla, cayendo de nuevo a mi ropa y humedecerla. 
Comencé a notar como mi respiración comenzaba a acelerarse, a quedarme sin aire en los pulmones, a empezar a buscar mi mano bajo la cama uno de mis cientos de inhaladores. Y no había, ya no quedaban, dios. Otra vez me los había robado, me los había cogido. Se acabó, esta sería la última vez que pisase ese suelo, sería la última vez que sintiera mi cuerpo de tal forma.
Me levanté con efusividad de donde estaba sentado y me allegué al armario comenzando a sacar toda la ropa que tenía aquí y un par de maletas que se encontraban en la parte baja. 
Todo, en grandes pelotones se amontonaba sobre la cama, pero no por mucho tiempo. Rápidamente guardé las cosas dentro de las maletas y acercándome al balcón las tiré a la parte trasera de la casa por donde bajaría acto seguido de abrocharme la chupa de color oscuro que llevaba. Salir de aquí se me iba a hacer muy fácil, puesto que no era la primera vez que lo hacía. 
Me incliné sobre la barra del balcón hasta acabar por la parte externa acercándome a la pared de la enredadera y bajar lentamente, con bastante cuidado, hasta estar sobre el césped artificial.

Asomé mi cabeza por la ventana para ver donde se encontraba mi madre, y poder acabar mi plan con total éxito. Pude fijarme como de nuevo saaba esa dichosa cajita de el bolso negro que solía llevar al trabajo y como comenzaba a prepararse otra de sus rayas de cocaína. Me alejé mientras negaba con mi cabeza agarrando las mochilas y llevarlas al garaje donde se encontraba mi coche. Era un ford fiesta, de segunda mano, de un color negro pero rayado por el lado derecho con un pequeño aboyón en la parte delantera de una accidente que el anterior dueño había tenido. Una ganga, 2000 euros por el. No era demasiado bueno, pero por lo menos podía moverme a mi gusto y antojo, además, para la universidad estaría perfectamente. 
La universidad... Es algo que dejaría, pues no podía volver a esa casa, y no quería abusar del dinero de mi madre para pagarme un apartamento allí, en la residencia de estudiantes, aunque sabiendo que si se lo pedía a mi madre esta me lo daría.
Suspiré. Saqué las llaves del coche y las metí en la cerradura del maletero donde guardé las maletas y sin pensarlo más cerré este acercándome a la puerta del coche. Abrí la del garaje mientras que iba colocando mi cinturón y pensando donde poder ir. Observé que los papeles del coche se encontraban sobre el asiento de al lado y como la factura se encontraba la primera. Accedía a coger el papel y vi como el nombre de ''Gordon'' estaba en negrita, en primera plana. 
Ese tal Gordon, era mi padre, y quien me había comprado el coche, puesto que nunca nos veíamos por motivos de trabajo de mi padre, así que decidí que me recompensará con ello después de la insistencia que puso en comprarme un regalo por mis 18 años.
Coloqué el papel sobre el asiento de al lado al ver como la puerta del garaje acababa de abrirse y de pronto, me fijé como sobre el papel de debajo había una dirección. Por instinto propio supuse que era la de mi padre y decidí lanzarme a la aventura. Así que rápidamente tome el volante con mis manos, metí la llave de contacto y arranqué directamente hacia un lugar muy poco conocido para mi, puesto que solo lo había visitado un par de veces y sinceramente, no tenía demasiada edad. 
Antes de salir de la ciudad, paré a repostar en una gasolinera, pero como no tenía demasiado dinero, y no podia aproximarme a un cajero por que me darían ya las tantas, y donde yo vivo, sobre todo, a esta época del año, la noche caería sobre la ciudad muy temprano, decidí cargar el deposito hasta la mitady  comprar unas cuantas cosas como un par de barritas de chocolate y un bote de redbull para tener que comer por el camino, puesto que en un par de horas sería la hora de cenar, y de allí a Frankfurt quedaría demasiado camino.
Sentía como el frío iba apoderándose de mi cuerpo al llevar un rato ya parado, moviéndome solamente para frenar, acelerar, o mover la palanca de cambios según recorría cada vez más carretera. En el casette sonaba una canción de Queen. Varios días antes acabé de comprar el último Hit, y había echo un disco variado para ir en coche y entretenerme con las canciones que más me gustaban.
''Princess of the universe...''
Cantaba esa canción. Todo el rato. Cada vez que se acababa, volvía al principio. Una y otra vez, hasta que supiera igualar la voz de Freddie Mercury. Aunque sabía que nunca conseguiría llegar a tener esa tesitura, ese tono, no perdía la esperanza en mejorar cada día. 
Me encantaba cantar, podría pasarme el día entero así. Tenía una voz bastante masculina, pero sin ser demasiado grave. Amaba el pop rock, pero sobre todo el rock. Anteriormente, había escrito unas cuantas canciones, la mayor parte tenían plasmando los sentimientos del día a día, sobre todo la frustración de llegar mi madre y discutir. Eso era lo que más me inspiraba. Tener un motivo por el cual hacer una canción. Y también, me desahogaba.
El marcador de la cantidad de gasolina que hay comenzó a parpadear con su lucecita roja. justo en el momento que entraba por la ciudad a la que iba destinado. Dos horas y media de viaje, y ni siquiera había echo una parada. 
La noche había descendido y el camino solo estaba alumbrado por una fila de farolas que acababan en la entrada de la ciudad en donde había una gasolinera donde paré a repostar, ya que me quedaba algo de dinero todavía,puesto que no lo había gastado todo en caso de urgencia. Justo cuando estaba entrando otro coche vino de la otra entrada de la gasolinera y se me adelantó pero rayó el lateral izquierdo con el mío, quitando parte de la pintura roja. 
Apreté con mi mano contra el volante con furia, mis dientes comenzaron a castañear y  el ardor de mis mejillas comenzó a aparecer. Me quité rápidamente el cinturón y abrí la puerta del coche, cerrando después esta de un portazo.
Pude escuchar como el conductor de aquel coche comenzaba a gritar soltando un montón de palabras de las cual pensaba hacer que se arrepentiese, así como de el rayonazo que dejó en mi coche de la hostia que le metería. Vi como salía del coche un hombre de una edad aproximada a la mía, con ropa bastante ancha, unos vaqueros anchos, más o menos caídos y una camisetade color rojo como de unas dos o tres tallas matores que su talla adecuada, una bandana alrededor de sus rastas y un chaleco de color negro sobre el resto de la ropa. 


Era un hombre visiblemente bastante bien formado y llevaba un piercing de color negro adornando sus labios. Su cara era bastante fina, y el color de su piel era algo más moreno que el mío, aunque en Alemania no se veía demasiada gente con él. Pude ver como las facciones de su cara se parecían a las mías, y como por las rastas que tenía se mezclaban también pelos rubios, el color natural de mi cabello aunque ahora lo tuviese teñido de un color negro. Su estilo, y el mío, eran completamente diferentes, se podía ver como, aunque fuese obligatorio llevarnos bien, sería algo imposible

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