miércoles, 6 de junio de 2012

CAPÍTULO 2.


Cerré de un portazo la puerta después de haber analizado y recorrido su cuerpo de arriba abajo, con bastante detenimiento, pues que no podía disimular la atención que había creado en mi semejante personaje de barrio. 
-¡Oh, venga ya!.- Grito refunfuñando mientras se acercaba en pasos cortos hacia mi cuerpoobservando la rayadura que había dejado mi faro en su carrocería. Era bastante grande, y gorda, y sobre la pintura negra dejaba verse el metal de la placa de la puerta del coche.
-¿Perdona?.- Arqueé una ceja al escucharle, bastante incrédulo sinceramente. No podía creerme que las intenciones de ese tío, a primera vista, fuera echarme la culpa de la chulería con la que entró en la gasolinera.
-¿Cómo que perdona?Pero,¿tú has visto el rayonazo que tiene mi coche? Me da la sensación de que ves lo suficiente como para preveer que te tendrías que quedar bien quietecito al entrar en la gasolinera. 
Negué con mi cabeza unas cuantas veces al sentir las palabras de aquel payaso retumbar sus oídos, atormentando mi cabeza y haciendo que mi furia comenzase a querer salir de mi interior, a gritos, intentando escaparse de la forma que fuesel, sin reparo alguno.
-Ojalá estuviese ciego para no verte tu jodido geto de payaso, y sordo para no escuchar la sandez que acabas de soltar. Casi estaba ya al lado de la manguera, y entraste como bestia haber si podías meterle una buena hostia a mi coche y mandarlo a no se sabe donde.- Me miró, sumiso por varios instantes, sin saber que decir ni que hacer. Descendí con mi mirada a su mano, pudiendo observar como su puño se apretaba, y las venas del antebrazo se marcaban de una forma bastante exajerada, como si la sangre de su cuerpo se acumulase  en ellas. 
-¿Sabes qué? Ni siquiera te pediré tu número de seguro, por que no me extrañaría que ni siquiera lo tuvieses, con la cutrez de coche que sacas por la calle, que no sé ni como te atreves. -Negó con la cabeza, viendo como se le esbozaba una pícara sonrisa sobre sus labios, tanteando con su lengua sobre el piercing negro que tenía sobre su labio, mordisqueando la argolla exterior. 
No, no podía estar fijándome en cada uno de sus movimientos con esa tranquilidad, como si fuese lo más normal del mundo. No podía. Entró en su coche y arranco con este hasta situarse delante de la cabina donde repostaría y abrir el contacto de la gasolina para que uno de los empleados le hiciese el favor de hacerlo. Yo mientras tanto, decidí ir a la cabina contraria, puesto que después de ese ajetreo ya había quedado libre. Varios instantes después de extender el billete a proporción del contenido de gasolina que ahora llevaba mi depósito, emprendí mi viaje entre las calles de la ciudad. 
Buscaba, leía, me hartaba de ver carteles, de bajar la ventanilla para preguntar a la gente, y nada, esa calle, que no existía. Hasta que en uno de los cruces vi un aparcamiento libre, donde decidí dejar el coche y seguir mi camino a pie. Justo cuando salía por la puerta, un anciano se acercaba a mi diciendo que recogiese el papel que se había caído del asiento al salir del coche. Cuando me agaché a por él, este se pudo fijar en el nombre de la calle y asintió con la cabeza riendo suavemente.
-¿Buscas esa calle chico?.- Dijo en un tono agradable.
- Pues la verdad que sí, pero por lo visto nadie la conoce. 
- Sí que la conocen, pero no con ese nombre, hace años que se ha cambiado.
-Bueno... -Dije en un tono dudoso.- Es la dirección de mi padre, hace muchos años que no le veo, y lo saqué de los papeles de mi coche, el cual me pagó y la dirección fue escrita por mi madre, las últimas noticias que tuvimos de él con alguna información.
- ¿Quién es tu padre? Lo digo, por que esa calle es conocida, y suele ser de gente con bastante prestigio.
- Pues.. Gordon, Gordon Trümper. ¿Le suena? 
- Por supuesto, cómo no. -Asintió con la cabeza rápidamente según escucho las palabras que llevaban el nombre de mi padre.- Es un gran abogado, además, es mi vecino. Que coincidencia, pequeño.
Asentí sorprendido al escuchar las palabras de aqule señor, y no tardé en decidir que pasase y me dirijiese hasta la calle donde era con el coche, y así poder llegar con facilidad, y llevar a ese anciano, de unos 70 años, el cual había sido la persona más amable después de entrar en aquella ciudad. La verdad, que mucho no tenía que hacer, después de aquel encontronazo con tal...
Entré en la dichosa calle. Era una calle larga y a su vez ancha, con dos carriles y aparcamientos a los lados. Los pisos era de un color rojizo y los bordes de las ventanas y las peurtas visibles se bordeaban con piedra dándole al lugar, un toque rústico. En medio de la calle se encontraba una plaza con varias tiendas de utensilios comunes, un par de bares bastante conocidos por mi, puesto que estaba estudiando publicidad y tenían bastante prestigio, y un recreativo con gimnasio y piscina. 
-Mira, aparca ahí.- Dijo el anciando mientras yo asentía con mi cabeza y acto seguido ocupaba el sitio libre que ya no quedaría.
Decidí bajarme del coche y coger tan solo una pequeña mochila que llevaba en el asiento trasero con algunas cosas como el dinero,un par de barritas de chocolate que me habían quedado...
-¿Y en qué piso es?.- Le pregunté.
-Es mi vecino, vive en frente mía, así que subamos. 
Decía esto mientras abría la puerta del portal, de un color opaco, el cual no dejaba ver lo que había tras esta. Asomé mi cabeza y pude ver un gran espacio de colores marrones y crudos, con unos cuantos bancos de piedra por lso alrededores, una cabina, la cual supuse que sería la del portero, una pared de enredaderas con una fuente en medio que vestía encima con el nombre del edificio tallado en una roca. A los laterales y al fondo había entrantes a los edificios principales. Nos dirijimos a uno de ellos  tomamos un gran ascensor, que tenía como aforo 12 personas, con vistas hacia el exterior de la calle. 
Empecé a jugar con el piercing de mi lengua, con impaciencia, mis incisivos atrapaban mi labio inferior mordiendo este con fuerza, con nerviosismo. El contoneo de mi cuerpo hacia los lados del ascensor era frenético y sentía como la mano que sujetaba la mochila apretaba más de lo común el asa de la misma. Alcé la cabeza y pude pareciar como los números de la pantalla superior a la puerta del ascensor iban aumentando cada vez más, aunque con lentitud. La espera era una agonía, una tremenda agonía. No podía creerme que estuviera ahí, allí en ese momento, cuando en estos momentos yo estaría tomándome un vaso de vodka, tumbado en la cama mientras componía una de mis canciones, o estudiaba un poco sobre la asignatura que tenía que recuperar. 
Y, de repente, la puerta se abrió y fuimos a parar en el rellano del ascensor, decorado con los mismos colores que la planta baja. A los lados había un par de puertas, y el anciano e dirigió hacia la derecha. 
-Pequeño, la puerta de en frente es la de tu padre, te acompañaría, pero creo que sería una buena intromisión.
- Mucha gracias por traerme hasta aquí. Y sí, será mejor, debemos hablar de demasiadas cosas.- Le sonreí acto seguido de decirlo y di media vuelta hacia la puerta de mi padre, y sin más preámbulos, envolví mis dedos en un puño y pegué un par de veces sobre la puerta, esperando con impaciencia a que me abriese. 
Tras la puerta, se oían pasos, posiblemente de una persona descalza, puesto que eran casi mudos. Alguien, abrió la puerta y tiro de ella hacia la persona, sin que yo pudiese ver su rostro, diciendo directamente que pasara. 
-No... Igual estoy equivocado.
Dio un paso hacia delante y pude ver su cuerpo, vestido con un pantalón de traje y una camisa de color blanco adornada con una corbata verde con unos pequeños circulos en los bordes adornándola de esta forma. Su pelo medio canoso, dejándose ver algún que otro lugar con ciertos toques más oscuros. La barba se dejaba ver levemente, puesto que no haría mucho que se hubiese afeitado. Y sus ojos... Sus ojos, marrones, marrones oscuros, casi negros, sin ser demasiado grandes, pero bien marcados, con ese toque de profundidad que tenían al contraste de ese blanco de alrededor, que parecía artificial. Sí, era mi padre.
-Ho.. Hola.. Yo...- El hombre enmudeció. No se podía creer que fuese yo. Me reconocería, claro que me reconocería. Mismamente, no hacía demasiado tiempo, cuando me compraron el coche que nos vimos para tomar algo y contarnos como nos había ido, aunque no por demasiado tiempo.
-¿Bill? ¿Qué haces aquí? Pasa pasa.- Dijo tras varios instantes después dando pasos hacia atrás para retirarse del camino hacia la cocina y poder adentrarme a la casa. Pasé dentro y comencé a observar con detenimiento cada una de las cosas. Era una cocina bastante amplia, con una chimenea a la izquierda, bastante amplia, la cual llevaba varios adornos vistiéndola. Al fondo había una barra larga, haciendo la forma de una C con una delanera y una lateral. Todo decorado con maderas y mármol. La mesa era redonda, de un color rojizo y los muebles de los alrededores vestían una brillante capa de barniz. Por el suelo había un pequeño camino de piedra que acababa en el pie de la chimenea y el cual supongo que sería de adorno. Unos cuantos electrodomésticos revestidos con la misma madera se encontraban hacia los lados. Era preciosa, perfecta, rural, sin demasiada modernidad. 
- Pues... No sabía a donder ir.. Y mamá.. Bueno. -Negué con mi cabeza dando media vuelta para poder mirarle al ver como se había quedado apoyado contra la puerta, con la mirada perdida con incredulidad. 
- ¿Qué pasó?
- Pues.. Discutí de nuevo con ella.
- Pero, no puedes irte de casa por una discusión que tengas con tu madre, no eres un crío.
- Lo sé, lo sé, pero discuto todos los asquerosos días con ella, una y otra vez, por el mismo tema y, no es fácil¿vale?.- Suspiré. Tendría que contárselo tarde o temprano así que, mejor de un tirón.- Siéntate. 
-Está bien.- Se sentó, mirándome con atención a lo que hacía, me acerqué a la mesa donde él estaba y tiré de una de las sillas para hacerme sitio para sentarme.
- Mira, mi madre... Bueno, cuando cambió de trabajo, mi madre empezó a tener malas compañías. Gente que no le apoyaba, si no que, ahora mismo, está mal, por ellos. Comenzó a intentar desahogarse del trabajo en.. En...- Como costaba decirlo, aunque después de tanto tiempo siguiera igual, era realmente duro.- En la cocaína.. Y su humor, su humor no es lo que era... Ya no. Llega todos los días a casa, y sube a buscarme a la habitación, a hacer preguntas extrañas, a las cuales no sé que contestar. Mis nervios empiezan a crisparse, los suyos los acompañan, y así siempre. Discutiendo. La mitad de los muebles de la casa están rotos, por los golpes que les da para ahogar su furia. Yo.. me desesperé y decidí recurrir a ti, al fin y al cabo eres mi padre. 
-Dios... Bill, te juro que no sabía nada. Joder, lo siento, lo siento mucho de verdad. No puedo creerme que ella haya acabado asíy que yo.. Uff. -Negó con la cabeza suspirando, como si se arrepintiese de verdad, con cierta tartamudez en sus palabras. 
- No pasa nada, pero.. No me dejes volver.
-Por supuesto que no. -Se levantó y estiro una mano haciendo un amago con la misma para que me acercase a él y le siguiera. Tomé de nuevo la mochila que había posado en el suelo y me adentré poco después en una habitación con una cama en medio. Un armario a un lado y el baño al final de esta. La televisión colgaba de la pared y un espejo  de un buen tamaño se econtraba a un lado de la puerta. - Todo tuyo.
- Pero.. No sé cuanto pasaré aquí.
- Como si es hasta que te quieras independizar. Mira Bill, nunca estuve contigo, nunca tuvimos ese trato, será tarde, pero tú y yo nunca nos llevamos mal, y ya es hora de que haga algo por ti, de verdad.- Asintió con su cabeza mientras yo me acercaba con lentitud hacia la cama y posaba mi mochila sentándome después sobre esta con mis manos a cada lado de mis piernas sonriendo levemente al escuchar sus palabras.-
-Muchas gracias, Gordon.
-No, por favor. Llámame papá, por que eso soy, tu padre, aunque te cueste. 
-Dame tiempo...